Fuego Interior: Réquiem por Katia y Maurice Krafft


Monte Unzen, Kyushu, Japón, a las 15:18 del 3 de junio de 1991, un flujo piroclástico (una nube de gases y partículas sobrecalentados) descendió a más de 100 mph desde la cima del volcán, consumiendo todo a su paso. Instantáneamente mató a Katia y Maurice Krafft, vulcanólogos y cineastas. El día antes de que murieran, Maurice dijo en una entrevista: “Nunca tengo miedo, porque he visto tantas erupciones en 25 años que, incluso si muero mañana, no me importa”. Herzog rinde homenaje a los Krafft, quienes abandonaron un archivo de más de 200 horas de metraje de su último diario, que no tiene precedentes en su espectacular e hipnótica belleza.

Ficha técnica

  • Título original: The Fire Within: A Requiem for Katia and Maurice Krafft
  • Dirección: Werner Herzog
  • País e idioma: Francia-Suiza-Reino Unido. Inglés
  • Año: 2022
  • Duración: 100 minutos.
  • Programa: Acervo
  • Edición: 2026
  • Distribución: Daimon Distribución

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P.P.

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Reseñas

 En la película de Herzog las atmósferas de hipnóticos paisajes volcánicos sumados a la música de coros y cuerdas del compositor Ernst Reijseger (Bussum, Países Bajos, 1954) puede conducir al trance, pero como bien muestran muchos de sus documentales −el “género” en el que el director alemán ha encontrado su mayor plasticidad narrativa−, las tramas herzogianas nunca conforman sólo un viaje trascendental o filosófico; están plagadas de humor, ternura y una curiosidad infinita por sus personajes.

Desde un principio Herzog aclara que su propósito es “celebrar la maravilla de su imaginería”, precavido de que esperemos una biografía convencional. Este fin hace que la película termine explorando mucho más que la valentía, la compasión y el talento de los Krafft: Herzog se reconoce en ellos y se permite hacer un ensayo sobre lo que significa crear imágenes de cine, y además contemplarlas. The Fire Within es la labor de un cineasta, espectador y hasta crítico que termina siendo tan protagonista como sus sujetos, aunque sin arrogancia de por medio; otro milagro como el de los realizadores científicos.

La voz en off apunta las particularidades del hecho: Katia parece poco convencida de lo que ocurre mientras Maurice le tira rocas, y un amigo de ellos finge estar asustado, lo que Herzog encuentra genuinamente gracioso. El director detecta que «de un momento a otro» las imágenes cambian y se vuelven grandiosas, extensas y más particulares. Los volcanes son vistos como nunca: filmados con detalle y precisión hasta que cada molécula del basalto es capturada; numerosos ángulos en los que la lava corre y Katia admira. Los Krafft acercan sus cámaras a los volcanes con el mismo objetivo que Herzog interroga su archivo casi treinta años después: para encontrar una verdad que solo ellos son capaces de notar.

Los volcanes son uno de los lugares donde se origina la vida, pero también acaban con todo lo que tocan. Las imágenes de Katia y Maurice no captan únicamente la belleza de estas formaciones abrasadoras, sino también las catástrofes que provocan. Es el caso del Nevado del Ruiz en Colombia. En 1985 el glaciar del volcán colapsó junto con la lava y se formó un lahar: una avalancha mortal de lodo, agua y lava, que arrasó con veinte mil de los veintinueve mil habitantes que vivían en el pueblo de Armero. En esa ocasión, los Krafft filmaron tanto a los sobrevivientes como a las personas y el ganado que quedaron atrapados en los lahares. Su rescate era imposible y morían lentamente.4 Si tan sólo hubieran caminado doscientos metros cuesta arriba, probablemente habrían sobrevivido. Si no se les previno fue porque las autoridades desatendieron las advertencias de los vulcanólogos. Esta experiencia marcó profundamente a los Krafft: los volvió aún más temerarios en su acercamiento a los volcanes porque querían que el mundo cobrara conciencia de ellos.